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Montevideo: La noche de la nostalgia

Publicado por Nicolás el 24/08/2005, 02:10:00 Hs | Enlace permanente | Comentarios

Tradicionalmente en Uruguay se festeja año a año "La noche de la Nostalgia" y es una fiesta muy popular entre los habitantes de este país. Tal es así que en el año 2001 se decreto la noche de la nostalgia bajo una ley que la promueve. Es la obligación del ministerio de cultura promover este día.



Este año(2005) el día anterior hubo un agran tormenta con vientos de 175 km por hora que no se veía desde 1966 (según diario La Republica) y complico mucho los preparativos ya que muchas de estas fiestas se realizan en grandes carpas muy elegantes con cenas, regalos, etc. Se comenta que unas cuantas de estas carpas remontaron vuelo por la tormenta pero de igual forma la fiesta continúa.



Extracto extraído de: enciclopedia org uy

Nostalgia de la noche*
La cultura de occidente, ya aierta al relativismo cultural, había dejado de lado cualquier referencia a Descartes, Julio María Sanguinetti se pasó con la Razón en la boca. A pesar del mareante anacronismo, nadie le contestó al presidente que la Razón estaba pasada de moda
Un evento hace décadas microscópico, inaugurado por una radioemisora de A.M., ha desaguado en una especie de jornada patria denominada "noche de la nostalgia". Es así que, en la madrugada de cada 25 de agosto, coincidiendo con el feriado por la declaratoria de la independencia, decenas y decenas de boliches reciben a jóvenes de ayer y jovenzuelos de hoy que se menean al son de música prehistórica.

La clave de este anacronismo podría rastrearse en el leit motiv de un programa de la radioemisora pionera: "¿con quién lo bailaste?" Para promocionar la música melaza nombres insípidos (Barry Manilow, Air Supply, Billy Joel etc.) eran calificados como "genios". Ese adjetivo sideral, antes del pop reservado a gentes como Beethoven y luego del pop sinónimo de "Beatles", era desparramado por algunos disc jockyes vernáculos en todo aquel anglófono que produjera un ritmo lento y coartadas para salir a apretar en mitad de la pista. Si se lo piensa, el adjetivo caía más bien en un refregarse cadencioso, tarareando consignas de amor, en un casto recalentamiento. El oldie lentón estaba al servicio de la sexualidad reprimida, del enamoramiento primerizo e inconsecuente, de una ideología escolar de tiempos de la dictadura.

¿Qué llevó entonces a que, restaurada la democracia, advenido un nuevo siglo, la noche de la nostalgia se haya vuelto una instancia folclórica no menos convocante que las llamadas en Carnaval? En primer lugar hay que consignar un evento puntual: aquellos que, en los setenta, nos acostumbraran al pop en inglés (que, con el correr de los lustros, terminara anegando toda la sintonía de la frecuencia modulada) han formateado preferencias y costumbres de una franja considerable de la población uruguaya. Es así que, con la mayor impunidad, Berch Rupenián, ya no en ninguna de sus radiomisoras sino en un programa televisivo centuplica su pésimo gusto y formula lo siguiente en su casi inverosímil itinerario de preguntas y respuestas: "es moreno, es ciego, es un genio". En cualquier trivia angloparlante la contestación sería "Ray Charles", pero aquí el valor epistemológico es nulo. Al señor Rupenián, que -tal vez sin advertir la arrogancia- interroga no sobre el mundo ni las galaxias sino meramente sobre su memorabilia personal, hay que contestarle "Stevie Wonder".

Este gesto poco tiene de inocente, y si se lo sigue probablemente señale hacia algunos de los dengues que padece la República Oriental del Uruguay. Berch Rupenián confunde su épica individual (su entronización como disc jockey y promotor radial) con la evaluación del mundo. La petite histoire de la música o del sistema planetario no puede desbordar su versión del pasado: la historia reciente no puede trascender la biografía del animador. Y esto no deja de tener sus consecuencias. Se puede escuchar a jovencitos de hoy día, por ejemplo, que creen que un grupejo como Boney M era signo de las bondades de la música de otrora. Sencillamente, viven una versión de los hechos sólo dable en el Uruguay empaquetado por Rupenián. Incluso para un evento tan frugal como la música popular, estos jóvenes viven un pretérito enajenado no sólo porque nunca lo vivieron sino porque nunca existió. Esta fantasmagoría no es otra cosa que la nostalgia (palabra que, etimológicamente, habla del dolor que produce el regreso).

Yo soy aquel
Aunque tiene lo suyo de contristante, la nostalgia formato Rupenián es acaso la menos afligente de una mole de nostalgias que imponen los notables del Uruguay, que nos hacen vivir su candoroso pasado como la historia oficial del país. Durante dos presidencias abrumadas por citas prestigiosas y a menudo, erróneas -, que se dieron cuando la cultura de occidente, ya abierta al relativismo cultural, había dejado de lado cualquier referencia a Descartes, Julio María Sanguinetti se pasó con la Razón en la boca. A pesar del mareante anacronismo, nadie le contestó al presidente que la Razón estaba pasada de moda; nadie, tampoco, le hizo saber que tanta insistencia, por parte del jerarca, era un aparato de exclusión. Sanguinetti tenía la Razón, y por lo tanto, todos los demás estaban equivocados; la razón de Sanguinetti (algo analogizable al gusto de Rupenián) se solapaba con la Razón de Estado.

Más aún, se puede considerar que nadie le contestaba porque, menos que sujeto de un discurso, a través del ex presidente todo el sistema de nostalgias ejercía su ventriloquia. En sus dos ejercicios, Sanguinetti no hizo otra cosa que congelar el tiempo, encontrar su gran enemigo en el marxismo (y por lo tanto, mesmerizar a los dinosaurios dogmáticos que se derrumbaron con la Unión Soviética). Cualquier discusión ideológica que pudiera tener un viso de verosimilud era decapitada con este gesto mómico: viviríamos, discutiríamos, roncaríamos en un tiempo fantasmagórico, del que eran cómplices el Foro Batllista y algunos sectores de la izquierda.

Implicados en esta fantasmagoría, por supuesto, también los intelectuales, que hicieron de la nostalgia lo único discutible. Como se recuerda, por lustros hemos vivido bombardeados por la palabrita "identidad". La identidad es algo que alguien puede plantearse recién cuando ha dejado de ser y, como enseñaran Rubén Darío y Raphael, su más contundente formulación está en la frase "yo soy aquel". La gran mayoría de los agentes políticos y culturales, en todo este tiempo de vida democrática, no han hecho más que propinar sus respectivos maracanazos, sus épicas fundacionales, su propia melancolía. En vez de resignarse a "ya no ser", hipostasiaron su respectivas adolescencias en epopeyas del origen.

La refundación bélica del Uruguay
Seguramente el movimiento político más colorido de los últimos quince años haya sido el MLN, que salió de entre rejas con un tupido aporte editorial y una épica alternativa a las divisas de Oribe y Rivera, del sobretodo del Pepe Batlle y el poncho de Aparicio: la complicidad entre Tupamaros y militares. Si bien todavía se oyen voces que culpan a unos y otros por el advenimiento de la dictadura, la continua reivindicación bélica en vez de convencernos de que hubo un tiempo histórico abominable termina legitimando una institución como el ejército, que pide a los gritos reformularse en un país incapaz de guerrear con sus vecinos.

Casi todos se han comportado como Berch Rupenián; no hay facción que no haya proyectado su impronta individual como la matriz del Uruguay posdictadura. El debate es inexistente como sólo puede serlo cuando lo que se da es un intercambio de frases emitidas por moles que sólo pueden hablar sobre un pedestal. Este freezer sólo puede generar (y ha generado) estancamiento. En primer lugar una parálisis intelectual y creativa que nos tiene prisioneros y disecados: nuestros sistemas de interpretación, para un tiempo cada vez más vertiginoso, no parecen menos anquilosados que aquellos de los escolásticos.


Para no volver
Aquel campeón del verso hispano, Darío, enunciaba una nostalgia prematura: "juventud divino tesoro/ te vas para no volver/ cuando quiero llorar no lloro/ y a veces lloro sin querer". La tumultuosa "noche de la nostalgia" no parece ser más que el revés analgésico de la nostalgia de la noche. La sueñera del siglo XX, que ya se fue y se llevó nuestras respectivas adolescencias. Esta nostalgia no es más que síntoma de una vejez lacrimógena: ¿habrá posibilidad de vivirse como una país todavía joven, menos preocupado por encajar cataplasmas y aspirinas al dolor del ya no ser que por aquello en lo que le convendría devenir? Sería aconsejable que así se diera porque, de seguir por este rumbo, Uruguay será una colectividad tan vacua y mortuoria como una canción de Neil Sedaka. O, para decirlo de otro modo, un evento tan desconsolador como escuchar "Oh Carol" y ponerse a bailar con la propia sombra.







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